El hijo de la chingada. Anónimo

EL HIJO DE LA CHINGADA

 

Yo, Señor, no puedo asegurarle que mi vida no vaya a ser peor aún de lo que ha sido. He sido rudo, pero no malo. Cuando las memorias se suavicen muchas lágrimas caerán por mi alma. Hasta ese momento que sigan peliando. Soy joven y espero vivir largamente pero temo también que algún tropiezo de los muchos que se me avienen de tanto en cuando, sin saber como ni por qué, acabe con estos anhelos y las ansias de redimir tanta angustia desde que Cristo es Cristo.

Les cuento la historia de Agustín Cubillo, hijo de la chingada de D. Jesús Díaz de Polanco, cacique del pueblo en el que Pizarro degolló con sus propias manos a más de seiscientos indios en el día de locura de Santa Eulalia, pero como el diablo no descansa ese mismo día su ahijada cayó de bruces, obligada, en los bajos del cacique.

La madre de Agustín, Genoveva Lozano, era mitad india mitad negra, zamba, y aunque la llamaban La Morena era más bien aceitunada de tez tersa y suave. La Morena fue seducida por el cacique por la fuerza porque así, a cualquier hora, a cualquier tiempo y casi a cualquier edad, le gustaba hacerse con las hembras de la alquería. De aquella malaventura nació el chivato Agustín que moriría como allí morían los delatores, reventados en las lunas de los inviernos. Murió Cubillo de mis manos. Fui yo y no otro, puedo asegurarlo, quien buscó por los barros al Cubillo hasta desentrañarle y quedarme con su jígado que luego le invié al cacique con advertencia para que éste no volviera ni a usar chivatos ni a desgraciar hembras.

A mi me tenía ganas el cacique por defender a aquellos pobres desposeídos y porque sacaba al Virrey a la calle a desparramar las entrañas de los ricos también porque D. Francisco, el Virrey, necesitaba de la sangre y esta es roja en todas las criaturas que fizo Dios, asin cuando nublaba la visión o sudaba la hiel no distinguíala. En esos trances, yo y el cacique, peliábamos por ganar la oreja dél. Y, cuando yo andaba cerca siempre adelantaba al otro, al cacique, y tras la orgía de sangre y aguardiente era él, D. Jesús, quien recogía las sobras de algunos de los suyos y salía rabiando, jurando venganza y repartiendo las ganancias del fallecido.

Había aprendido Agustín el arte de ganarse las simpatías de su padre buscando y contando mentiras de las gentes de la aldea para desgraciarlos y desposeerlos de la fama que era lo que podían tener aquellas míseras gentes porque las cosas todas que existían sobre las tierras eran de D. Jesús. En las noches de invierno los malparados del cacique exageraban las suyas y la emprendían con aquellos pobres, en la oscuridad y el frío, que siempre han dado para la barbarie. En una destas jué el chivato a casa de su madre, La Morena, y como si él juera el Virrey venteó las pocas cosas que en aquella había.

El camastro en el que la madre lloraba a las noches de su desgracia, la mesa sobre la que escribía sus penas, las despabiladeras y la telera que repartía con los braceros. Cuando hubo acabado el venteo se atrevió con La Morena, su madre, y recogida por el pelo la arrastró gritándola putaña y otras cosas peores que no quiero referir por entender que yo soy persona culta de las que no puedo escribir ciertas palabras o hechos por lo que seguro que esta historia se queda corta con la infamia de Cubillo.

En el arrastre, Cubillo topó con su padre que a caballo iba a la plaza en busca de juerga y alboroto y allí bajo las herraduras golpeó a La Morena a gritos y llantos de putaña y vieja y bruja mientras enseñoreaba sus dientes espoleando el aguililla, que pisoteaba a La Morena hasta desgraciarla las piernas y los brazos y la piel toda que quedó morada de magulladuras.

Esta es la historia que me contaron pero me enteré de más y puedo asegurarles, y así lo hago, que de esta suerte fui en busca de Agustín Cubillo Lozano que andaba entre mulatos, zambos y mestizos y al encontrarlo le endilgué la faca en el ombligo y la arrastré en media luna hacia arriba hasta herir sus entrañas de chivato y sacarle el hígado que chorreando lo tiré a la puerta de D. Jesús —ahí esta tu hijo consérvalo en aguardiente para que no olvides la noche de Santa Eulalia—. Y salí de aquella alquería a la que no volví por haberme hecho escritor en la capital con el nombre de Manuel Pérez Villanueva.

Especie de confesión anónima encontrada entre papeles del Hospital Psiquiátrico “Conde Romanones”

Guadalajara.